La antinomia de la inflación

«La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan las facultades de la razón humana»

Con estas palabras, Immanuel Kant, comenzaba a escribir en 1781, su obra cumbre, «Crítica de la razón pura»

Este artículo sobre la inflación, podría bien finalizar aquí. Porque está todo dicho. No solamente porque lo haya expresado Kant. Porque los sistemas complejos – de los que somos partes – nos  hacen vivir esta realidad cotidianamente.

Las ya conocidas antinomias [anti – nomias, esto es anti – leyes] fueron objeto de una gran preocupación de Kant, porque su mismo espíritu racionalista, le llevaba a navegar por las rutas de lo desconocido y de la sin razón.

Porqué nos referimos y nos ocupamos de la inflación? Porque como argentinos que somos, la hemos padecido desde 1930 hasta hoy en muchos momentos críticos de nuestra vida, y como hoy comienza a florecer nuevamente en el jardín  de nuestras expectativas, la
miramos con recelo.

Pero es un  flagelo que en todo el mundo existe con mayor o menor grado. No se trata como puede aparecer de improviso en un incremento de precios. Éstos pueden aumentar por cualquier otra causa. Hablamos por el contrario, de la pérdida del poder adquisitivo de la moneda.

Tenemos la misma moneda, pero vale menos. Y esa minusvalía no tiene una sola causa aunque todos quisieran que la hubiera. Sería entonces más fácil resolverlo. La vinculación mecanicista de «a una causa un efecto» , quedó ya obsoleta.

Es como seguir pensando que la tierra es el centro del universo y el sol es que gira. «E pur si muove», diríamos en ese caso como Galileo mientras nos llevan a prisión, por creer en la terrible levedad del ser.

La inflación entonces, no tiene una causa, es producto del sistema. Así como no se puede dictar una ley que establezca que el sol debe salir de noche, porque es cuando no hay luz, no podemos decretar que el sigo monetario mantenga su valor, cuando hay otras
variables que lo mueven.

Esa es la antinomia. La ley que expresa que no puede haber una ley.

Pero siempre surgen en el escenario de la política, personajes que se atribuyen tener las soluciones mágicas. Es como pensar que el cáncer es una enfermedad, en vez de comprender que es una serie de enfermedades que producen exceso de células malignas con crecimiento y división más allá de los límites normales.

Si fuese una enfermedad, ya se habría descubierto su prevención.

Pero el ejemplo – como siempre – no es casual. Hay factores comunes entre la inflación y el cáncer.

En los principios sus nombres. El cáncer así se llama, por su apariencia al cangrejo [«kankrinos» en griego] porque aprisiona todos los tejidos sanos, como con sus víctimas, hace ese crustáceo. Y la inflación contamina a su vez, todos los bienes reales sobre los que se aplica. Y los absorbe.

Y en los finales, su transducción de señal. Esa facilidad que acreditan ambos procesos, de generar de forma concatenada una determinada señal o estímulo exterior, en otra señal o respuesta específica.

En ambos procesos se implican cada vez más en el evento un número creciente de variables que nacen en el inicio del estímulo, produciendo su activación en el receptor, que convierte el estímulo en respuesta.

Esa cadena de pasos, en cuyo paso se advierte la presencia de un segundo mensajero,
produce como  resultado definitivamente la amplificación de la señal, es decir, que un pequeño estímulo provoca una respuesta de mayor amplitud.

El cáncer de un proceso inflacionario, en consecuencia, aparte de no tener una única causa, puede terminar con la vitalidad de un sistema económico. Dicho de otra forma, matarlo.

Pero frente a esta innegable evidencia, hay quienes se afanan en ignorarlo. O aun peor a diagnosticarlo y encontrar la poción mágica. Y hay quienes les creen, que es lo peor.

Los sistemas complejos son abstracciones que surgen de la interacción de las partes, que se comunican a través de protocolos especiales. Y esa transducción de señales, que utilizan las bacterias para comunicarse entre sí – como nos lo explicara tan brillantemente el profesor Eshel ben Jacob – funciona aún más eficientemente en el ser humano.

Cuando las bacterias aprenden a conocer a su enemigo [un antibiótico por ejemplo] mutan a esporas de diferente forma para luego entre todas generar un nuevo código de inmunidad, de comunicación y de presentación que las hace libres del peligro.

En las organizaciones sociales, cuando las comunidades comprenden la forma de ganar utilidades a través de la devaluación de la moneda que usan como elemento de cambio, sin requerir más trabajo, se ha llegado exitosamente al principio del fin.

Y esto no es un problema que atañe a las ciencias económicas.

Es atingente a la economía, la sociología, la psicología y la política. Pero todas actuando en conjunto. Ninguna de ellas en forma aislada quebrará el maleficio. Porque resolver un problema inflacionario es  muy fácil si en vez de personas, los agentes fueran hormigas. Pero son gente de carne y hueso que piensan, opinan, sufren, trabajan, comen de lo que trabajan, porque la retribución de ese trabajo es en moneda. No es en forma de trueque.

Hay un salario. Hay un honorario. Hay una paga que se corresponde a ese trabajo y que debe asistir al alojamiento, la alimentación y el vestido de esas personas. Eso como mínimo.

Cuando en la República Argentina, la crisis económica y financiera del año 2001 produjo la mayor cantidad de infartos de miocardio registrados en los últimos años, eso no fue noticia en los diarios. Porque fue solamente un porcentaje.

Pero al que lo sufrió, ese porcentaje fue del 100%.

Y ninguna política económica está habilitada para generar muertos. Esa es la antinomia.

Si no deseamos entenderlo de esta forma, está igual todo bien.

Mi único consejo para las comunidades que sufren este cangrejo social y económico, que sus miembros vayan eligiendo el lugar donde supongan  que sus restos puedan descansar
apropiadamente por el resto de la eternidad.

Nota: Hoy nos acompaña Rene Magritte con su obra “La condición humana” [1934]

© Alfredo Spilzinger

Acerca de alfredospilzinger

Doctor in Economy (UBA), Doctor of Business Administration (Pacific Western University), Master in Economy (UBA), Certified Public Accountant (UBA) Certified Fraud Examiner (USA)post degree in philosophy, post degree in mathematics, specialization in public finances (UK), specialization in quantum physics.(UBA) Lord of Brownsel (UK)
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