Hombres en escena

Haciendo camino intelectual respecto del comportamiento de los seres vivos, llega a mi memoria, casi querer una frase antológica de Albert Einstein: «Dios nos hizo perfectos y no escoge a  los capacitados, sino que capacita a los escogidos. Hacer o no hacer algo, sólo  depende de nuestra voluntad y perseverancia» 

Cuando los siete mil millones de seres humanos que habitamos este loco satélite que gira sin cesar alrededor del sol, sentimos que estamos atravesando una crisis, y coincidimos en ello casi todos, algo serio está pasando.

La vida compleja – que vaya si lo es – nos empuja a jugar un rol en una pieza teatral, que según las leyendas rabínicas, Dios ha puesto en escena para darnos la libertad de administrar la vida creada. Después de siete días de arduo trabajo, Él se ha sentado y en  habiendo creado a los  actores iniciales de la  obra, los deja hacer. Para saber si saben actuar en  libertad, y además para Él entretenerse, luego de tanto esfuerzo.

Y en esta obra terrenal, cada cual juega su papel, lee sus parlamentos y actúa como en un musical impromptu. «In promptu» decía el romano Vitrubio, de pronto, abierto, visible y manifiesto a los  ojos de  los demás.

Esto es, sin un argumento antes escrito y por cierto tampoco ensayado. Desconociendo el inicio – al que ni siquiera asistimos como invitados – y tampoco el final, al que tampoco asistiremos ya que nos habremos escapado por entre bambalinas antes que termine.

Jugamos a una especie de Comedia del Arte, como en el siglo XVI. Hay una línea argumental básica, pero cada cual tiene la capacidad de improvisar los diálogos y las alternancias. Y en ese andar, como en los años  1700, reconocemos a los Arlequines – los típicos sirvientes o algo así como  valet cómicos – acompañados de su Colombina, Pantaleón – el mercader –,  el mentiroso, inteligente y sin escrúpulos Brighella, o el burlesco Polichinela, jugando su papel entre los burgueses y aristócratas del resto de la obra.

Quizás sea esta comedia del arte veneciana, una suerte de réplica muy natural de la vida real. Improvisada, colorida, con suertes varias hacia el final, que hacía el regocijo de los espectadores.

Porque también existen los espectadores en este camino de la vida. Son los que prefieren sentarse y aplaudir, si es de su agrado o abuchear si al final de la obra no están conformes con la actuación. Pero distinto de la vida real, en el teatro, se puede ir una vez más a ver otras improvisaciones. Y volver a gozar, o no.

Pero el camino de la vida que hemos iniciado, no tiene retorno. Ni  intervalo. Ni repetición. Ni argumento escrito. Ni ensayo. Ni siquiera preparación.

Salimos a escena – los que deciden subirse al escenario – con total improvisación. Sin conocer al resto de los protagonistas, a quienes vamos reconociendo a medida que la obra avanza. Y erramos en algunos criterios, y confundimos los roles de algunos actores, y nos enamoramos de otros. Sufrimos con los Brighella que nos engañan, mientras nos divertimos con los Arlequines que nos danzan alrededor.

Pero todo sin apuntador, ni director de escena, ni escenógrafo. Todo resulta finalmente obra de quienes estamos subidos a ese proscenio. Para ser juzgados, felicitados, denostados, aplaudidos o abucheados.

Pero somos felices porque hacemos. Porque actuamos. Porque decimos lo que nos parece acertado.

Mientras tanto los espectadores, se conforman con mirar y escuchar. Y su juicio será definitivo, pero reaccionario. Porque solo re – accionan. No accionan. No son proactivos – creando posibilidades nuevas a los diálogos – ni tampoco preactivos – tratando de hacer prospectiva de lo que puede pasar – con lo que sólo juzgan. Califican. Aprueban o reprueban.

Y en esa dicotomía de estar sobre el escenario o simplemente en la  platea comienzan a surgir las segmentaciones de las comunidades que por comodidad o por preferir el silencio, dejan que a veces y en algunos tiempos, los personajes que se suben a escena,
no sean  los mejores actores.

Y la obra entonces, se desfigura, se alinea con diálogos y acciones que disgustan. Pero ya es tarde para detener la acción. La pieza teatral está en desarrollo y los que no se han subido a escena ya solo pueden calificar. Han perdido la opción de ser parte de la historia. Son solamente parte de una multitudinaria especie del pasado.

Es el momento en que nos encontramos con el Somardino, otro personaje de la comedia del arte descripto como quien actúa con gusto por las dobles intenciones, la artimaña, el tapujo y la farsa. Y allí nuestros diálogos se tornan vulnerables, equivocados y hasta desconcertados.

Esta semana transcurrida pude tener el placer de estrechar a dos  profesionales que subidos a escena, cumplieron con excelencia su rol protagónico. En todo sentido, moral, profesional,humanístico. Y alguien preguntó entre bambalinas, porqué existiendo estos
personajes – multiplicados por miles en la multitud de siete mil millones de seres que cohabitamos en este planeta – no perfeccionamos aún más los parlamentos hablados y actuados y  generamos  una mejor vida para evitar las crisis que cíclica y permanentemente nos afligen  a todos.

La respuesta no es simple, pero tampoco imposible. El paso de cada personaje es temporal y muy corto.  El alfa y omega que nos marcan desde el inicio de nuestra acción, no permite
largos períodos de actuación. Es decir, muchos actores se van sin finalizar su cometido.

Pero  por otra parte, y más importante, quienes a veces suben a escena, son solo reemplazantes que su audacia les lleva a tomar el rol protagónico, frente a la falta de actores titulares. Estos últimos son los que prefieren quedarse sentados en la platea,
obturando el disparador de una máquina fotográfica cuyo producto se llevarán de recuerdo. Y esos son los peores. Confunden la fotografía con al realidad, como cuando creen que el mapa es el territorio.

No hay más fuerza de acción que la que el hombre puede ejercer. Nadie nos escribió el diálogo. Somos actores, directores de escena, guionistas y escenógrafos.

Ya Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, médico, químico y alquimista suizo más conocido por el alias que él mismo se dio de Paracelsus, hacia 1520 – antes de la aparición de la Comedia del Arte – decía que «Los pensamientos son libres y nada los  domina. En ellos reposa la libertad del hombre, y ellos aventajan la luz de la Naturaleza. Porque de los pensamientos nace una fuerza creadora que no es elemental ni sideral… Si uno se propone crear algo, crea por así decirlo un nuevo cielo, y del mismo afluye a él la obra que quiere crear… Porque tan poderoso es el hombre, que es más que cielo y tierra.»

No podemos descreer entonces en la obligatoriedad de asumir el rol que la obra de la vida nos tiene reservado y jugar nuestro papel de personajes en este misterio maravillosamente
increíble, llamado vida.

Porque si Einstein tenía razón, sólo nosotros somos nuestra propia dificultad. La
creatividad y la innovación son las capacitaciones para poder alejarnos de los
extremos. Del orden y del caos.  Accionar en la complejidad ya que todo lo que descubrimos, es lo que la «otredad» fantásticamente ha de emplear.

Es la magia subyacente en el espectáculo en el que actuamos. Es el regalo de nuestra
intelectualidad que nos permite ser únicos, diferentes e irrepetibles, a medida que avanzan los tiempos de esta obra. Porque de otro modo la oportunidad que nos proporcionó el nacer, se pierde en un espacio inconmensurable [el vacío] sin entregar los resultados a los que estamos obligados.

Vivimos entusiasmados por la historia que nos cuentan desde el escenario, sin darnos
cuenta que somos parte de ella. Sin advertir que con abuchear a los artistas, solo expresamos reacción, pero no acción.

El pensador danés Sǿren Kierkegaard, hacia 1847 – hombre de ciencias con quien no
congeniamos en muchos aspectos – sin embargo, nos acucia a repetir esta paradoja del teatro de la vida, a través de una de sus reflexiones:

«Pasó hace un tiempo que un incendio destruyó el bastidor posterior de un teatro.Se acercó el payaso al proscenio para dar la noticia al público y todos pensaron que se trataba de una broma y aplaudieron. Repitió su advertencia dos veces más y cada vez fue aplaudido aún más fuerte. 

Por ello pensó el payaso que el mundo y sus gentes  llegarán un día a su fin,  en medio de un aplauso general de todos los genios espectadores, que creerán en ese momento, que todo se trataba de una broma.» 

Hagamos lo indispensable para aportar nuestro parlamento a la obra  ya comenzada y poder asistir a los seres vivos, a relacionarse y a interactuar. El solipsismo, ese criterio que «valgo yo y solamente yo» que muchos han defendido, cae en soledad en las profundidades de un océano vertiginoso, en el que no navegamos solitariamente.

Existimos, solamente porque somos reconocidos por la «otredad». Si nadie nos reconoce, no somos. No existimos. Porque para los otros, nosotros somos la «otredad».

Y para ser reconocidos debemos jugar nuestro rol, pero sobre el escenario. De lo
contrario, formaremos parte de la anomia colectiva  – al decir de Durkheim – una  falta de capacidad de la estructura social de proveernos lo necesario para lograr las metas de esa misma sociedad  a la que pertenecemos.

Y como decía Shakespeare,  «si es cierto que el buen vino no necesita ramos, no es menos cierto que las buenas comedias no necesitan epílogo»

Nota : Hoy nos acompaña Pablo Picasso con su obra El Arlequín sentado (circa 1900)

©  Alfredo Spilzinger

Acerca de alfredospilzinger

Doctor in Economy (UBA), Doctor of Business Administration (Pacific Western University), Master in Economy (UBA), Certified Public Accountant (UBA) Certified Fraud Examiner (USA)post degree in philosophy, post degree in mathematics, specialization in public finances (UK), specialization in quantum physics.(UBA) Lord of Brownsel (UK)
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