Ocho minutos y medio

Español: Banco de la Nación Argentina, Casa Ce...

Image via Wikipedia

Guillermo revisó su reloj. Eran las 2:51 de una tarde de diciembre muy cálida. Había terminado una breve llamada en su celular a su esposa para decirle que solo le quedaba llegar hasta el Banco.

Había transcurrido una semana más que complicada en su emprendimiento y aún le faltaban recorrer ocho cuadras hasta llegar hasta la sede del Banco de la Nación Argentina, en la Plaza de Mayo, donde – si o si – debía cubrir un cheque emitido el día anterior. El calor de un verano casi insoportable se sumaba a sus problemas de hacer evolucionar a su emprendimiento. Le quedaban solo 8 minutos y medio para arribar al banco y depositar el dinero que había conseguido sólo por milagro para atender ese pago pendiente.

El banco era inflexible y líneas de crédito era imposible obtener. Las cuadras se hacían interminables y los sucesivos paros de agentes estatales clamando por mejoras habían cortado el acceso por la Avenida de Mayo, allí cerca de la sede central del banco.

Sentía Guillermo que sus fuerzas se acababan. Sudoroso, agotado, sorteaba gente, automóviles y semáforos que con su tintinear rojo le ponían más histérico. Quiso cruzar hacia la Catedral, pero la ola de ómnibus que intentaban rutas alternativas a la avenida ya cortada por las manifestaciones, se lo impedían.

Mientras esperaba la luz verde que le asegurara cruzar vivo, miró su reloj que le marcaba sólo un minuto para llegar hasta el banco. Cruzó con desesperación y corrió por debajo de las arcadas de la catedral románica. Tropezó con un vendedor de carteras italianas de marca, todas ellas falsas y dio en el suelo con toda su humanidad. Confundido, golpeado, se levantó y corrió los últimos metros que los separaban del banco, mientras el reloj de la legislatura de la Ciudad de Buenos aires, comenzaban a repicar las tres de la tarde.

Pero no se amilanó, cruzó la calle San Martín y finalmente arribó a la acera del Banco que había comenzado a cerrar automáticamente sus portones de acero, por acción de un sistema de relojería automático. Se lanzo a subir los tres escalones que lo separaban del portón y consiguió ponerse de perfil para poder entrar por el espacio pequeño que dejaban las puertas repujadas de doce toneladas cada una.

Y llegó, pero quedó aprisionado por el gigante de acero. Sus gritos desesperados se perdieron entre el clamor de la gente, los motores de los vehículos y los gritos de los empleados pidiendo mejoras salariales.

De las restantes 1900 puertas que alberga el edificio, solo ésa mantuvo secuestrado el alma de un personaje. Guillermo.

Media hora más tarde los bomberos retiraron su cuerpo de las tenazas del portón y lo entregaron a su familia. Una mujer joven y dos hijos pequeños lloraban con el asombro de no entender lo que había pasado.

Los ocho minutos y medio que había tenido en sus manos para conseguir su liberación financiera, no habían alcanzado. Tampoco para asegurar su vida.

●●●●

Paulo discutía con su esposa en su departamento de Niteroi sobre la transferencia de cargo ejecutivo en la compañía donde ejercía las tareas de controller financiero. Esta propuesta requería su traslado de Río de Janeiro a Francia. A Paulo le entusiasmaba la idea pero no a su esposa, que esperaba su primer hijo, y que deseaba compartirlo con su familia en Río.

Ese martes 30 de junio hacía un desusado calor otoñal y Paulo preparaba su maleta para una entrevista en París. Su vuelo AF 444 despegaba a las 19:25 y aun no había terminado de empacar, y la discusión con su esposa continuaba.

Estaba seguro que dejaba muchas cosas sin llevarse, pero los nervios del momento, la discusión y la inminencia de la partida, lo estaban superando. Mirando su reloj, dio un beso apasionado a su esposa, con lo que quiso finalizar en ese punto la discusión y se despidió con un: a la vuelta decidimos, son solo dos días¡.

Bajó las escaleras de un salto y se lanzó a la calle en búsqueda de un taxi. El tránsito a las 6 y media de la tarde era vertiginoso y luego de diez minutos logró alcanzar uno vacío y le dijo al conductor: Al Galeao y solo tenemos 30 minutos para llegar! El taxista lo miró por el espejo retrovisor con sorna y arrancó.

Los minutos pasaban más rápido que los kilómetros necesarios para llegar al aeropuerto. Eran solamente 20 kilómetros que se hacían 20.000 El tránsito, el calor, los nervios, y el reloj que avanzaba fueron un solo síntoma del estado de ánimo de Paulo.

A las 19:15 llegó al aeropuerto y prácticamente se tiró fuera del taxi para correr hasta el mostrador de Air France. Se alegró porque no había nadie haciendo fila para el check in, y se abalanzó sobre la recepcionista con su pasaporte y billete en mano. Pero la mirada impertérrita de la azafata no lo dejó siquiera hablar. El vuelo está cerrado y no se admitían más embarques, le dijo con una mirada de compasión.

Paulo miró el reloj de pared detrás de la recepcionista que marcaba las 19:16:28. Pero si todavía quedan 8 minutos y medio para la salida, tengo que viajar….! gritó a quien ya se estaba alejando del lugar.

Sombrío y apesadumbrado, se deslizó hasta la entrada del aeropuerto pensando que la discusión con su mujer le había hecho perder la oportunidad. Cuando se subió al taxi para retornar a su casa, vió por la ventana del automóvil, cómo el Airbus despegaba con los colores de la bandera francesa pintadas en su cola.

Cuando llegó a su casa, no hubo más comentarios que el de rigor y ningún reproche. Cenaron y se acostaron en silencio, cada uno pensando en las consecuencias de lo que había pasado. A la mañana siguiente, se levantaron a desayunar y continuar la discusión que habían dejado el día anterior.

Como todos los días encendieron el televisor para enterarse de las noticias, y se encontraron con la realidad más cruda. El vuelo AF 444 había desparecido de las pantallas de radar y no se lo podía encontrar.

Paulo entonces pensó que estaba en su casa. Por solo ocho minutos y medio.

●●●●

Nuestra vida se rige por acontecimientos emergentes, imprevisibles y complejos. Creemos solamente en lo que nos es visible a los ojos. Pero como afirmara Antoine de Saint Exupery, lo importante es invisible a los ojos.

Vemos al sol cayendo sobre la línea del horizonte, cuando en realidad la que cae es la tierra. Somos nosotros los que giramos, pero nuestro egocentrismo no nos permite aceptarlo.

Miramos a ese sol, fuerza primera de la vida, cando ya no está. Nos admiramos del sol que se esconde detrás de esa línea imaginaria, cuando hace 8 minutos y 32 segundos que ya no está visible. Ese es el tiempo que tarda su luz en recorrer los 150 millones de kilómetros que nos separan del astro rey.

Porque la luz no tiene velocidad. La luz existe, es. Los que nos movemos en función del tiempo somos los seres vivos. Y adoptamos arbitrariedades, como las horas y los minutos para poder conciliar nuestros proyectos mundanos.

La luz es energía, que como el tiempo, es espacio. Somos energía que se transforma en ideas [también energía], en proyectos [ideas modelizadas] , en emprendimientos [ideas modelizadas y con reglas establecidas]. Pero en ningún caso predecible.

Pero significa esto que no podemos planificar nada?

Exactamente es así.

La planificación que nos fue enseñada en el modelo de programación lineal no existe. Porque la linearidad no existe. Porque a una causa no sigue un efecto. Pueden no seguir ninguno o muchos.

Es como apreciar la luz del atardecer y creer que está allí, cuando hace 8 minutos y 32 segundos que ya se ha esfumado en el espacio, pero está presente en nuestras retinas.

Si somos lo suficientemente hábiles para comprender que somos energía corporizada, y que nuestras acciones son parte de esa energía, que aparece tan rápido como desparece, y que no podemos establecer su posición, fuerza y dirección al mismo tiempo, hemos triunfado.

Porque triunfar no requiere tener éxito. Es solo comprender qué somos, para qué estamos durante unos años en este espacio y que es lo máximo que podemos obtener.

No es importante estructurarse alrededor de puntos fijos, de tiempos y de espacios. Las navidades, los fines de año y las pascuas, no han existido como tales en las fechas en que las celebramos. Son momentos fijados por el ser vivo, en distintas ocasiones, para poder amarrarse a eventos estables y recurrentes.

Transcurrieron hasta hoy 4647 años para el calendario chino, 2011 para el calendario gregoriano, 2164 para el calendario juliano, 220 según el calendario republicano francés o 5771 para el calendario hebreo. Tiene importancia con cual nos quedamos?

Intelectualmente no. La única verdad es que vivimos un «continuum», una semirrecta de la que sabemos tuvo un inicio, pero que desconocemos su destino final. Sin tiempos, señales, mojones ni parcelas.

Pero por nuestra decisión las existencias se han acotado a balances trimestrales, períodos fiscales anuales, años de antigüedad, aniversarios, días de vencimientos, días de descanso y otros de actividad. Nos deslizamos por etapas, que creamos por temor a lo que ignoramos.

Cada fin de año [cualquiera que éste sea] pedimos, clamamos por otra felicidad. Cual? Ya tenemos una que se nos escurre como agua de entre los dedos y que no logramos aprovechar: existir.

Esperamos que ocurran hechos que desconocemos. Alentamos la magia de otro período que hemos inventado para satisfacer nuestra propia ansiedad. Debatimos planes que tendrán vigencia en un nuevo período, sin darnos cuenta que el presente, al ser analizado ya es pasado.

Seguimos mirando al sol que se esconde silenciosamente, cuando ya no está presente. Eso pasó 8 minutos y 32 segundos antes.

Sólo sabemos que somos seres solitarios en una Tierra a 25.000 años luz de la galaxia más cercana. Y que seguimos siendo únicos, originales e irrepetibles, deambulando por un planeta con un destino y posibilidades impredecibles.

Querer programar, planificar, estructurar un futuro, para nosotros y nuestras creaciones [empresas, organizaciones políticas o sociales] es solo querer atribuirnos poderes que van más allá de nuestra posibilidad de abstracción mental.

No es bueno quedarnos atados a lo que vemos solamente. Nos queda como misión observar e imaginar nuestro destino.

Y para eso solo necesitamos 8 minutos y medio. El tiempo que la energía solar toma en llegar a nuestros pies. El tiempo que toma a la humanidad en sumar 1290 seres humanos más.

Nota del autor: Los personajes y los acontecimientos relatados son verídicos. Solo se han cambiado los nombres de los personajes.

© Alfredo Spilzinger

Acerca de alfredospilzinger

Doctor in Economy (UBA), Doctor of Business Administration (Pacific Western University), Master in Economy (UBA), Certified Public Accountant (UBA) Certified Fraud Examiner (USA)post degree in philosophy, post degree in mathematics, specialization in public finances (UK), specialization in quantum physics.(UBA) Lord of Brownsel (UK)
Esta entrada fue publicada en Organizaciones complejas y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s