NUNCA EN DOMINGO

El puerto del Pireo en Grecia, julio de 1960. Y Melina Mercouri en el papel de Ilya, cantaba los versos de Manos Hadjidakis «…pues nunca, nunca, en un domingo, domingo, domingo, lo ocupo en el amor. Este es el día de toda la semana que cubre mi alegría mi cruel desilusión. Este es el día que yo me paso hablando con las flores del campo y con mi corazón.» 

Esa música y sus palabras, recorrieron ya 52 años, y son hoy el reflejo del espíritu helénico. Su personaje masculino, Homer Thrace, intentaba en esa época desentrañar la ruptura de la cultura helena. Esas melodías y el título del film –que de ello habamos- ΠΟΤΕ ΤΗΝ ΚΥΡΙΑΚΗ [Nunca en domingo], ya forman parte de la historia del séptimo arte.

Pero esa historia no pudo y no puede desatar los nudos de una historia que se repite. Hoy Grecia está perdida en un caos de violencia, de desesperación financiera, y de una abrumadora deuda que parece impagable.

No es un problema reciente. Tiene tantos años como el Partenón. Las raíces están en la misma Res-pública, en la cosa pública que los gobiernos no han sabido operar. Y me refiero tanto a acreedores como deudores. A quienes otorgan facilidades a un gobierno sin mirar más allá, como a los que dispendian ese mismo recurso.

Grecia está enferma y los médicos que la asisten no logran dar con un diagnóstico adecuado. Y sin diagnóstico, no hay remedios que surtan efectos. Sólo atinaron los socios europeos a intervenirla. Cambiaron el enfermero de turno, pensando que de esta forma, el enfermo se curaría.

El 3 y 4 de noviembre pasado, hace ya casi cuatro meses, los jefes de estado del G20, se reunieron en consulta médica, porque el enfermo no solo estaba en terapia intensiva, sino que cundía una epidemia en los cuartos vecinos.

Y que resolvieron? De la lectura de las actas finales de la reunión, surge que [sic]

  1. Aceptan que las crisis soberanas y los desequilibrios mundiales persisten y saludan      calurosamente las decisiones adoptadas el 26 de octubre anterior, que tienden a resolver la crisis de la deuda griega, salvar a los bancos europeos, detener el contagio, y reformular las bases de la economía de la zona euro [cómo?]
  2. Dejar a los países estables [ estables?] que dejen actuar los mecanismos de estabilización automáticos, y adoptar medidas discrecionales para mantener sostenible la demanda interna
  3. Hacer esfuerzos para mantener la tasa de cambio para reflejar los fundamentos      económicos subyacentes [ de que hablan?]y se auto abstienen de ajustes cambiarios que  tiendan a modificar las paridades de las monedas

Estas palabras, que surgen de la lectura textual de la declaración que firmaron de conformidad todos los gobernantes de los veinte países, se asemejan en mucho, a aquel juego de las sillas musicales que también en 1960, junto con la película solíamos jugar.

Mientras la música suena, todos bailan, pero al detenerse los acordes, alguna silla falta. Y alguien deberá irse. De quién es el instrumentista de la música, qué música ejecuta y quién es el encargado de quitar una silla por vez, nadie habla. Pero todos sospechan.

Lo que ocurrirá es ya impredecible. Porque la mano misteriosa que se lleva las sillas, podrá a -último momento sacar la última. Y quedarán todos afuera. Hasta el instrumentista. Pero sin música.

Y mientras tanto el enfermo desfallece, y por economías ya le han quitado el suero. Total si va a morir, que el suero sirva para otro paciente contagiado. Las gentes, los pueblos, los niños, la vida nada importan. El tema es salvar al euro.

El tema de los curanderos de turno es hablar de las economías subyacentes, sin siquiera saber que son. O por hacer actuar los mecanismos automáticos, porque el mundo no es un sistema vivo, sino un artefacto. O por sostener la demanda interna, aunque las gentes no tengan recursos con que comer.

Se quedarán entonces todos parados sin ninguna silla. Sin música, salvo la voz de Melina Mercouri que seguirá cantando en nuestros oídos que «…nunca en domingo porque éste es el día de toda la semana que cubre mi alegría mi cruel desilusión.» 

Y mientras el enfermo desfallece, se verá la figura de Jules Dassin, en su papel de Homer Thrace, salir de escena sin saber dónde quedaron las filosofías aristotélicas ni los arquitectos del Partenón.

Lamentablemente nosotros tampoco lo sabremos. Lo preocupante es que a los jefes de estado que se reunieron no les importa saberlo.

Esperemos que suceda lo que sucediere,  nunca sea en domingo.

© Alfredo Spilzinger

Acerca de alfredospilzinger

Doctor in Economy (UBA), Doctor of Business Administration (Pacific Western University), Master in Economy (UBA), Certified Public Accountant (UBA) Certified Fraud Examiner (USA)post degree in philosophy, post degree in mathematics, specialization in public finances (UK), specialization in quantum physics.(UBA) Lord of Brownsel (UK)
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