Al filo de la navaja

Y Dios dijo: No matarás. [Éxodo 20:13]  y no agregó nada más. Sus mandamientos,  – como así se conocieron –  se llamaron el decálogo [«deka logoi»] , porque eran solo diez palabras. Se entendió que era una partícula negativa y un verbo. No era una orden casuística, esto es que si haces algo te pasará aquello otro. Era apodíctica. Es una verdad incontrastable.

Porqué se incluyó como mandamiento? En su lucha por la supervivencia, el hombre luchó por sus alimentos y su habitación y para ello se defendió y luego se alió a sus iguales para matar y vencer a los animales. Pero finalmente tuvo que defenderse de esos pares y mató para defender su capacidad de alimentarse y de reposar.

La muerte es la otra cara de la vida. Conocemos la vida, porque existe la muerte. Y matar se ha convertido en la carátula de la máscara que envuelve el cuerpo humano, que debe luchar por subsistir en un mundo complejo, hasta la muerte. Y  como  sabe que de una u otra forma se morirá, prefiere que sea su enemigo antes que él.

Creímos que en casi seis mil años, la humanidad había comprendido la complejidad de la vida y había descartado la eliminación del congénere, como  modo de satisfacer sus necesidades. Pero no fue así. En lugar de interactuar con la «otredad», de acordar respuestas consensuadas, lo ejecutó.

Izando la bandera de sus reivindicaciones sociales,  económicas o tribales, se atribuyó la voluntad y los poderes de Dios, y eliminó de su horizonte a su enemigo. Pero esto no es historia pasada. Es la verdad que nos acosa hoy. La pena de muerte existe hoy en países tan diferentes como algunos estados en los EEUU, Bielorusia, Bahamas, Cuba, Japón, China o Pakistán, solo por dar algunos ejemplos. Y Francia la abolió en 1981.

El escritor francés Pascal Bastien, en una publicación de fines del año pasado remarca un hecho sintomático: « la civilización cristina se basa en un error judicial, y Cristo, es desde un primer momento y antes que nada, un condenado a muerte. La cultura cristiana se asienta sobre las bases de una ejecución capital» [sic]

La vida en sociedad, compleja y emergente, dio razones a los individuos para armar su propio  argumento en defensa de la ejecución capital.  Los políticos están en otro negocio. La democracia ateniense, con el devenir de los tiempos se convirtió en un supermercadismo donde cada uno ocurre para abastecerse para vivir. Y hay que llegar temprano. Ser el primero a veces es preciso ejecutar a otro en el  camino. Porque entonces si no es él, quien. Si no es en ese momento cuando?

Para nada lo justifico. Lo que ocurre es que el sistema imperfecto que vivimos convirtió a la vida en un bien de cambio. Y  ocurre – como está comprobado –  que ciertas medidas de gobierno en momentos de crisis elevan la  tasa de mortalidad debido a enfermedades coronarias, o a suicidios. Y la sociedad solo tiende a susurrar a los deudos: que lástima, pero fue una victima necesaria para el bien de un alto porcentaje de congéneres remanente.

Otra vez las ecuaciones  irrumpiendo en un ciclo de vida. Como si fuésemos simples engranajes de un reloj. Si alguna se rompe, se cambia. Pero para el que  muere la estadística no  cuenta, él es el 100% de las probabilidades de morir.

Y hoy esas penas de  muerte las admiran  por televisión otros 9 billones de personas que convivimos en esta estación espacial que gira alocadamente alrededor del sol. No nos remontemos a las historias de siglos pasados de guerras y enfrentamientos y holocaustos.

Hoy contamos en Libia 50,000 muertos, Siria 9,000, Egipto 850, Yemen 1870, Mali 1500. En una ridículamente llamada «primavera árabe». Y mientras esto sucede en  el Norte de África, en la autoproclamada Europa civilizada, los habitantes de inmolan y suicidan frente a medidas de contracción de la asistencia a la que están obligados los gobiernos, arrancando  de los bolsillos de los contribuyentes los aporte que hicieron en  vida para consumirlos cuando ya no tuviesen capacidad de producir.

Causa estupor como, con fruición, los gobernantes del hemisferio norte, miraban por televisión con entusiasmo infantil la captura y muerte de Osama Bin Laden. Creían que con ello, los terroristas desaparecían.

No estudiaron en profundidad los sistemas complejos de trabajos en redes cuyos nodos se desempañan independientemente, y pueden matar, derribar aviones o destruir lo que quisieren sin jefe a la vista.

Muchos de los componentes de Al Qaeda no conocieron a Bin Laden. Ni falta que hizo. Fueron instruidos bajos los modelos de red de redes. Independientes e interactivos, están comprometidos con los fines para los que fueron adoctrinados. La muerte sigue acechando, como lo hemos visto.

Vivimos en un mundo impredecible sin saber en que recodo del camino nos encontraremos con el ángel de la muerte. Pero la comunidad internacional ha organizado la democracia de tal forma, que mientras los políticos hacen sus máximos esfuerzos,  en su esquema macro,  por permanecer como dueños del poder, han dejado al resto de los seres vivos, en el espacio  micro, en libertad de hacer  su propia guerra. Ello para poder alimentarse, vestirse y alojarse.

Y si en esas batallas que a diario encaran, no encuentran respuestas, tendrán exactamente la excusa para obviar el mandamiento bíblico de no matar. Como dijera William Somerset Maugham en 1944, autor de la obra cuyo título inspira este artículo : La gente no busca razones para hacer lo que quiere hacer, busca excusas

 ©  Alfredo Spilzinger

Acerca de alfredospilzinger

Doctor in Economy (UBA), Doctor of Business Administration (Pacific Western University), Master in Economy (UBA), Certified Public Accountant (UBA) Certified Fraud Examiner (USA)post degree in philosophy, post degree in mathematics, specialization in public finances (UK), specialization in quantum physics.(UBA) Lord of Brownsel (UK)
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