La ley de la Selva

El ejemplo viviente de un sistema  complejo  es una selva: conviven musgos, rosas y pinos. Cohabitan, microscópicos insectos, elefantes y culebras. Gritan aves acuáticas, voladoras y mariposas. Gorjeos, gritos y rugidos componen la partitura de fondo de un espectáculo in -igual.

En ese escenario, no existen gerentes de personal, ni manuales de comportamiento. No hay un CEO,  ni tesoreros para distribuir fondos. No hay ordenanzas que sirvan el café, porque cada uno  debe buscar su alimento.

Todo está organizado para que esos seres vivos convivan abigarradamente, sin más leyes ni  reglamentos que los que  cada especie se dicta a si misma. Es la expresión libertaria por  excelencia.

Pero hay una restricción. La custodia que cada ser vivo debe hacer de sí mismo, para no ser alimento  de otro ser vivo.

Porque el ser vivo ha sido implantado  en el escenario planetario, con fisiologías y morfologías que le permiten  vivir. Pero debe  alimentarse. Y para ello debe proveerse de su propio alimento. Y  como no hay supermercados, debe buscarlo y hacerlo suyo.

El precepto bíblico de que te ganarás el  pan con el  sudor de  tu cara, no tiene otra interpretación que esa. La del esfuerzo de beneficiarse de las situaciones para hacerse de sus alimentos. Con el esfuerzo de captarlos y el cuidado  de  no  ser cooptado.

Por eso cuando  las organizaciones [de todo tipo que fuere] recita y escribe  centenares de palabras para regimentar modelos, operaciones y  procederes, debe cuidarse de ser cauta. De no transgredir el principio básico de dejar alimentar a otredad, ya que de lo contrario pone en peligro la existencia de  cada ser humano, y del conjunto tomado como un todo.

Porque en última  instancia cada cual defenderá su alimento. Para vivir. O para sobrevivir. No hay ley ni  decreto ni reglamento que lleve al hombre a perder su condición de ser vivo. Y la pierde cuando se le quita  la posibilidad  de  alimentarse. O de alojarse. O de vestirse. O de educarse.

El hombre no es una variable en  una ecuación económica. Respira, se mueve y deja todo desordenado. Cualquiera sea el aspecto exterior de ese  ser vivo. Cualquiera sea su envoltorio físico.

Claro que en  cualquier  empresa, fundación u organización  estatal es preciso debatir reglas de implementación  del modelo. Pero deben ser coherentes y armónicas con la vida de cada  individuo, en el momento en  que  vive y en lugar de su residencia. Porque no todo es igual.

Somos únicos,  originales e irrepetibles. Y esa magnífica oportunidad de vivir, es la  que hace que empujemos a las comunidades a desbarrancar manuales, a desconocer reglamentos, a resistir las instrucciones, cuando  éstas son engendros que obligan al leopardo habitar en una jaula o a una rosa en un florero.

Porque cuando  pasan esas cosas, el final  es previsible e infortunado. El leopardo terminará siendo un abrigo para alguna dama y la rosa morirá de soledad con mucha antelación a lo que sucumbiría en  su hábitat natural.

Cuando al hombre se lo obliga a contraerse de sus hábitos de vida, heredados o adquiridos, comienza a sentirse como  el leopardo enjaulado. Y así como  las  bacterias se comunican entre sí, para evitar los ataques de los antibióticos, y mutan y se disfrazan de endosporas, para pasar inadvertidas, el hombre también  se comunica y muta hacia la desobediencia. Y por que no, a la revolución. Y se inmola, porque antes  o después, también morirá.

Sea en la  empresa familiar, la corporación multinacional o la ciudadanía de  un país o región. Nadie puede lograr consenso  en una  empresa para que voluntariamente los empleados se reduzcan el salario. Como tampoco puede exigirse a los ciudadanos griegos a renunciar a sus beneficios  jubilatorios, en pos de una limpieza fiscal, que por otra parte ellos  no administraron. Porque todo ello les quita  posibilidad de  alimento.

Y sin  alimento, el hombre se rebela. Toda regla que conlleve a la falta de  libertad, impide al hombre a alimentarse.

Y ya no  importan las razones. Pude haberlas. Y hasta razonables. Pero el hombre, es el  único ser vivo que sabe  que morirá y que su vida en consecuencia es finita. Y no habrá de renunciar  a defender lo suyo, sobre  todo cuando siente que  las diatribas de  los dirigentes a quienes debe responder, tienen salarios anuales que decuplican su estipendio mensual.

Es por eso, que muchas veces, los  manuales  – fruto de una  ortodoxia que nadie sabe que es ni con que créditos la creó  – deben servir solamente para alimentar el fuego de la convivencia humana.

Nos acompaña hoy el humor y creatividad de El Roto del Diario El País de España.

© Alfredo Spilzinger

Acerca de alfredospilzinger

Doctor in Economy (UBA), Doctor of Business Administration (Pacific Western University), Master in Economy (UBA), Certified Public Accountant (UBA) Certified Fraud Examiner (USA)post degree in philosophy, post degree in mathematics, specialization in public finances (UK), specialization in quantum physics.(UBA) Lord of Brownsel (UK)
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